El enorme problema de las energias "renovables", traducción al castellano.
La impostura verde: reflexiones críticas sobre el dogma de las energías renovables
En las últimas décadas, el discurso público ha elevado las llamadas energías renovables a la categoría de verdad moral incuestionable. Se las presenta como solución indiscutible a la crisis climática, como símbolo de un progreso inevitable y, incluso, como expresión de una nueva ética colectiva basada en la sostenibilidad. Sin embargo, esta narrativa, tan reiterada como acrítica, oculta una realidad mucho más compleja y, con frecuencia, profundamente contradictoria. El problema no reside en el uso de energías alternativas a los combustibles fósiles, sino en la forma en que estas se han convertido en un nuevo dogma económico y político que justifica la devastación del territorio bajo una pátina de virtud ambiental.
La implantación masiva de parques eólicos en espacios rurales y de alto valor ecológico constituye un ejemplo paradigmático de esta contradicción. Los aerogeneradores, presentados como emblemas de una energía limpia e inocua, provocan un impacto ambiental severo y persistente. Sus gigantescas palas en movimiento constante causan la muerte de miles de aves cada año, incluidas especies protegidas y rapaces esenciales para el equilibrio de los ecosistemas. Además, su presencia altera de forma irreversible las rutas migratorias y fragmenta hábitats que habían permanecido relativamente intactos durante siglos. Todo ello va acompañado de una transformación radical del paisaje y de la construcción de pistas, cimentaciones de hormigón y líneas de alta tensión que convierten espacios naturales en auténticos corredores industriales.
No menos problemática resulta la expansión descontrolada de las macroplantas fotovoltaicas. La tecnología solar, que en sí misma podría constituir una herramienta valiosa para la autosuficiencia energética, ha sido apropiada por un modelo especulativo que prioriza la rentabilidad económica por encima de cualquier criterio ambiental o social. Campos agrícolas fértiles, zonas forestales y espacios de gran biodiversidad son literalmente arrasados para dar paso a extensas superficies de placas solares que sustituyen la vida por estructuras metálicas inertes. Esta sustitución no solo implica una pérdida irreparable de biodiversidad, sino también la destrucción del suelo, la desaparición de la actividad agraria y la ruptura del equilibrio histórico entre las comunidades humanas y su entorno.
Resulta especialmente perverso que todo este proceso se legitime bajo el concepto de sostenibilidad, un término que ha sido progresivamente vaciado de contenido. Renovable no es sinónimo de sostenible, aunque a menudo se utilicen como equivalentes. Una fuente de energía puede ser renovable desde un punto de vista técnico y, al mismo tiempo, profundamente insostenible en términos ecológicos, sociales y territoriales. Si la producción de energía conlleva la destrucción sistemática del medio natural, la pérdida de biodiversidad y la degradación irreversible del paisaje, difícilmente puede considerarse compatible con un futuro equilibrado y justo.
Conviene asimismo preguntarse a quién beneficia realmente este modelo energético. Los territorios afectados, mayoritariamente rurales y ya castigados por el despoblamiento, rara vez reciben ni la energía producida ni los beneficios económicos derivados de su explotación. Estos quedan en manos de grandes corporaciones energéticas y fondos de inversión que operan con una lógica estrictamente extractiva, aprovechando subvenciones públicas y marcos legales permisivos. El resultado es una nueva forma de colonialismo energético, en la que el territorio se convierte en un mero soporte físico para infraestructuras ajenas a los intereses de la población local.
Ante esta situación, cualquier voz crítica suele ser descalificada con la etiqueta de antiecologista o reaccionaria, como si cuestionar el modelo de implantación de las renovables equivaliera a negar la emergencia climática. Nada más lejos de la realidad. Precisamente porque la crisis ambiental es grave, resulta imprescindible abordarla con rigor, honestidad intelectual y respeto por el territorio. La solución no pasa por sustituir un modelo energético depredador por otro igualmente destructivo, aunque se presente con un discurso más amable.
Una política energética verdaderamente responsable debería apostar por el autoconsumo, por la instalación de placas solares en tejados, naves industriales y espacios ya degradados, por la descentralización de la producción y por una planificación que tenga en cuenta los límites ecológicos del territorio. Solo así podría hablarse de una transición energética coherente con los valores que proclama.
En definitiva, convertir el campo en un inmenso polígono industrial no es salvar el planeta. Llamar verde a aquello que destruye la naturaleza es una impostura que, tarde o temprano, acabará pasando factura. El territorio, la biodiversidad y los paisajes que se pierden en nombre de esta falsa sostenibilidad no son renovables. Ignorarlo supone condenar el futuro a repetir los errores del pasado, simplemente con otro color en la etiqueta.
Buen día y salud.
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